El nuevo traje del emperador: Científicos Sociales y Empresas

 
por María Soledad Córdoba

Sobre las críticas de los científicos sociales a la relación entre ciencia y empresas

En un post anterior, he tratado el tema de la relación entre científicos sociales y empresas, mostrando los inicios de esta relación y los reconocidos casos de éxito a nivel mundial de trabajos realizados desde una perspectiva antropológica para grandes empresas. Allí mencionaba algunas dificultades que esta relación presenta, sobre todo en el ámbito local, por un lado, con respecto a la visión de las empresas sobre invertir en producir conocimiento como un “lujo”. Y, por otro lado, en relación con cierta desconfianza que los científicos sociales manifiestan ante el trabajo en empresas. Quisiera profundizar un poco más en este punto, motivada por algunos comentarios que recibí acerca de dicho post. Las críticas señalaban lo pernicioso de la relación entre investigadores y empresas que el texto supuestamente ocultaba o mejor, pretendía promocionar, en particular, el “uso” de la ciencia para el business o la “colaboración” de la ciencia con el sistema capitalista.

Durante mi formación académica y mi trayectoria profesional que abarca ya casi dos décadas, he escuchado cientos de comentarios del mismo tono y contenido, con algunas variantes creativas. Son sobre todo los mismos investigadores e investigadoras quienes, desde una posición académica y económica consolidada, juzgan las investigaciones cualitativas en empresas como investigaciones menores, oportunistas y superficiales, que de alguna manera “traicionan” el ideal científico de la producción de conocimiento desinteresado, objetivo y neutral, como si algo así pudiese existir más que en un plano completamente desencarnado, abstracto y extemporáneo. Los más audaces llegan a afirmar que el trabajo intelectual no debe ser remunerado. Algunos colegas me han relatado con cierto pudor que han sido avergonzados o incluso regañados por pretender una remuneración por trabajos intelectuales extras que les solicitaran en las instituciones en las que trabajan, incluyendo la producción de conocimiento, de textos, suplencias docentes, organización de eventos, etcétera.

Fieles a una creencia de la actividad intelectual como desprendida de toda ideología y pertenencia social, de género o de clase, estos investigadores critican el “poder” imponiendo reglas de juego desde una posición de poder. Desde una jerarquía en la que detentan el poder material y simbólico frente a sus subordinados (sus becarios/as, sus alumnos/as, sus asistentes, sus auxiliares docentes, etc.), estos “héroes” y “heroínas” de la “ciencia pura” resuelven cómo, por qué, para qué y para quién se debe producir conocimiento, despreciando los ámbitos o actores sociales que consideran “villanos” y “villanas”, entre ellos, las empresas y los empresarios.

Así las cosas, si a los empresarios locales les cuesta pensar en invertir en proyectos científicos o solicitar un diagnóstico científico para conducir transformaciones en su actividad (porque no hay localmente una práctica aceitada y naturalizada de relacionamiento entre empresas y científicos), le sumamos el prejuicio y la mala publicidad que tiene para un investigador/a social (sobre todo si es joven) trabajar para una empresa, estamos muy lejos de poder establecer un vínculo de colaboración y enriquecimiento mutuo entre distintas dimensiones de la actividad humana.

En rigor de verdad, debo admitir que he escuchado tanto a investigadores que defienden acérrimamente la “pureza” de su propio proyecto de conocimiento frente a lo impuro y sucio de las actividades económicas, como a investigadores que reconocen que las preguntas más interesantes en las que han trabajado a lo largo de su carrera, han sido formuladas o propuestas desde otros ámbitos, distintos de la academia y de sus producciones, como las empresas, las asociaciones civiles o las instituciones gubernamentales.

La institución académico-científica y sus actores, los/as investigadores, basan su existencia en la producción de conocimientos y en la formación de nuevos profesionales. La unidad económica de la empresa y sus actores, los/as empresarios/as, basan su existencia en la extracción y producción de ganancia. Ambas son funcionales a la sociedad en la que vivimos. Ambas pueden aportar críticas a nuestras formas de vivir y de relacionarnos, incluyendo propuestas que pongan en evidencia y se comprometan a revertir desigualdades, discriminaciones y exclusiones de todo tipo. Ambas están atravesadas por mecanismos y lógicas de poder que implican decisiones y mandatos jerárquicamente impuestos, sostenidas por creencias y prácticas naturalizadas por la comunidad de pertenencia. Ambas pueden ser factores de opresión o de liberación de seres humanos concretos.

Lo cierto es que abundan los estudios sociales sobre empresas locales o sus sectores (por ejemplo, los departamentos de personal o de RSE), incluyendo estudios críticos sobre las mismas, sin embargo, investigaciones sobre instituciones académicas locales y sus investigadores nadie los realiza. Quienes conocemos la literatura internacional sobre el tema, podemos citar los trabajos de un emblemático sociólogo francés, Pierre Bourdieu, que mostró cómo las instituciones educativas y de investigación en Francia eran funcionales a la reproducción de las jerarquías sociales. Pero localmente, los investigadores no investigan de manera crítica las instituciones a las que pertenecen. Esto debería bastar para introducir la sospecha sobre el rechazo hacia los estudios en empresas y para las empresas, por considerar a estos actores desde la única perspectiva de ser agentes de opresión y explotación.

Personalmente, considero que esto es limitante para la producción de conocimiento y que las empresas y los investigadores sociales se pierden mucho de sí, de sus virtudes y sus fortalezas, por desestimar mutuamente sus aportes o por enfatizar sus supuestos antagonismos. Había una vez un traje imperial que no existía, que nadie veía, pero que todos alababan… por temor a parecer ineptos o incapaces de ejercer su cargo.

 

 

 

 

 

 

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