La Bioeconomía ¿Qué sabemos sobre nuestro posible destino como sociedad?

 
por María Soledad Córdoba

Bioeconomía es una nueva propuesta socioproductiva para obtener bienes y hacer negocios, basada en la utilización del acervo genético y biológico y en los conocimientos científicos y técnicos necesarios para manipularlos, incluyendo el procesamiento de los desechos del proceso productivo. Concierne la producción primaria (agrícola, pecuaria, forestal y acuícola) y las industrias que usan materias primas biológicas (alimentos, pulpa y papel, farmacéutica, agricultura y energía).

Las biotecnologías tienen en este nuevo escenario, un papel central y transversal a todos los sectores productivos interesados en su desarrollo, pues es a partir del conocimiento acumulado y perfeccionado en los últimos 30 años en biología y genética, que se cuenta con la posibilidad de modificar las bases del sistema productivo, tanto en el plano energético como en el plano de las materias primas o los recursos utilizados para producir.

El siglo XXI parece así profundizar e intensificar la dinámica socioproductiva que comenzó a anunciarse a mitad del Siglo XX como la “sociedad técnica”, tal como la llamó el filósofo francés Jacques Ellul. La posibilidad de reemplazar todo nuestro sistema socioproductivo y la matriz energética basada en combustibles fósiles, por derivados de biomasa, a partir del conocimiento científico aplicado para la manipulación de la biología y la genética, nos debe dar una idea de la radicalidad del cambio ante el cual nos encontramos. Investigadores de este campo de estudios (biología, biotecnología, genética, etc.) han reconocido en entrevistas que actualmente se posee la capacidad técnica de realizar casi cualquier proyecto que se pueda imaginar. ¿Cómo es que llegamos ante esta posibilidad, ante este estado de situación y, sumidos en nuestras rutinas laborales y/o familiares, ni nos enteramos o ni nos interesamos? ¿Se trata de un secreto o un ocultamiento deliberado por parte de algún grupo de actores sociales? Nada de eso. Si bien es cierto que las publicaciones científicas no son “amigables”, dado que están escritas en lenguaje técnico, en inglés y para poder dar con ellas se deben conocer bibliotecas o sitios web especializados (gran parte de los cuales no son ni abiertos ni gratuitos), también sucede que estas cuestiones se discuten y se presentan resultados de investigaciones en reuniones abiertas al público. He acudido a estas reuniones en sedes de ministerios o secretarías públicas, en las cuales se han proyectado presentaciones visuales (power points o similares) bastante accesibles para alguien que no es experto en la temática. Sin embargo, en una ciudad hiperpoblada como Buenos Aires nunca he observado más de 100-150 asistentes (¡y eso que siempre ofrecen un muy buen catering!).

Si bien en los últimos años los ciudadanos argentinos han comenzado a interesarse más por temas relacionados con los desarrollos de la ciencia y la tecnología, no dejan de ser temas que atraen un muy reducido público. A la manera de un síntoma, a partir del cual confirmamos una enfermedad o un mal que nos aqueja, la “cultura” científica se ha incrementado no de manera generalizada y por interés espontáneo en los avances de la ciencia y la tecnología, sino en sectores afectados por los impactos negativos (y hasta catastróficos) de sus desarrollos y aplicaciones.

El problema es que justamente, la radicalidad de las transformaciones que están en juego exige que el debate social sea amplio, serio y diversificado, no monopolizado o circunscripto únicamente a los expertos. Y esto también porque, no se trata sólo del aspecto productivo que está en juego, sino también de cómo aspectos de nuestra vida social y de nuestra participación al sostenimiento de un modelo de país nos involucra sí o sí, en cuanto ciudadanos.

En el caso de las agrobiotecnologías, un sector sumamente interesado en el cambio de paradigma socioproductivo que propone la bioeconomía, muestra la rapidez con la que estas transformaciones (no obstante su profundidad) suceden: en Argentina, en sólo 4 campañas, de 1996 al año 2000, el pasaje a las agrobiotecnologías alcanzó el 80% del cultivo más importante en términos cuantitativos del país (y de la región Mercosur), el de soja. En 10 años, de 1996 a 2006, se alcanzó la casi totalidad (100%) del cultivo de soja, el 60% del algodón y casi el 70% del maíz. En un lapso de tiempo muy corto y como consecuencia de esas primeras 4 campañas mencionadas, las transformaciones impactaron en la producción agrícola y el ámbito rural argentino de manera realmente profunda, incluyendo el recambio de la cúpula de empresarios “ganadores” con el nuevo modelo y el management completo de la actividad. Actualmente, la agrobiotecnología y su paquete de gestión asociado se propone como el estándar de la “producción sustentable” a nivel global, comprendiendo más de 175 millones de hectáreas de cultivos transgénicos plantados por 18 millones de agricultores en 27 países del mundo. A las ciudades, ya no las rodea el campo, como metáfora de un medioambiente “natural”. Ahora ese campo es un “medioambiente tecnocientífico”. A esto se refería Jacques Ellul cuando hablaba de estar inmersos en la “sociedad técnica”. Todo lo que nos rodea deriva de desarrollos tecnocientíficos cada vez más penetrantes y transformadores de nuestras vidas, de nuestro entorno, de nuestras relaciones y de nuestros cuerpos. ¿Qué y cuánto sabemos sobre esto que nos sucede como ciudadanos? ¿Sabemos hacia dónde vamos?

En la Argentina, aún no se hayan consolidadas las relaciones necesarias para el pasaje hacia la bioeconomía, aunque parece evidente su posible protagonismo, dada su condición de gran productor de biomasa (tanto en volumen como en diversidad). Sin embargo, como todo es nuevo aún y no está definido completa ni definitivamente el marco normativo, existen beneficios extraordinarios a captar para los que se aventuren en estos nuevos mercados.

No caben dudas de que la ciencia y la tecnología continuarán su marcha indefectible, mostrando eficiencia resolutiva y también improvisando justificaciones ante efectos indeseables. Está en nosotros como ciudadanos comprender la responsabilidad que tenemos de informarnos más y más adecuadamente, esto es de participar culturalmente, de los cambios que está viviendo o que están por venir en nuestra sociedad.

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