Desarrollo económico y Sustentabilidad: notas para comenzar a entender las bioeconomías del Siglo XXI

 
por María Soledad Córdoba

¿Por qué pensamos que somos o no somos un país con alto potencial de desarrollo? ¿Qué nos hace más o menos desarrollados? No hay una sola respuesta para estas preguntas. Ni tampoco esas respuestas han sido siempre las mismas a lo largo del tiempo. Lo que se entiende por desarrollo se ha ido transformando a medida que los acontecimientos históricos y la experiencia de países concretos iban arrojando resultados, a veces alentadores, a veces trágicos. Por eso, cuando se habla de desarrollo, se aclara que se trata de un concepto histórico. Sin embargo, revisando estas diferentes formas de concebir el desarrollo encontramos dos ideas en común: la noción de progreso y la idea de un futuro deseable.

La primera es un legado del llamado Siglo de las Luces o Ilustración, entendida como el resultado de un proceso evolutivo y siempre beneficioso de la aplicación de la razón a toda actividad humana. La segunda es una variable que va cambiando a lo largo del tiempo, siendo asociada con las propuestas de desarrollo conceptualizadas y protocolizadas desde los organismos transnacionales como la ONU, la OCDE, el PNUD y el Banco Mundial, entre otros. En sus diferentes presentaciones, las ideas de un futuro deseable se asocian e incluyen otras como la de una humanidad próspera que combate exitosamente la pobreza, las hambrunas, las enfermedades, los desastres medioambientales, la escasez de recursos y las catástrofes climáticas. La idea de una actividad racionalmente fundada y la proyección hacia un futuro de bienestar generalizado acompañaron la formulación y protocolización de modelos o enfoques de desarrollo.

Las primeras propuestas acerca de lo que fuese el desarrollo surgen de manera fuerte a partir de la Segunda Postguerra y apuntan a un proceso de modernización de las economías basado en la oposición entre industrialización y agricultura, entendida como una actividad tradicional y atrasada que no generaba riqueza, donde no intervenían ni la ciencia ni las tecnologías de vanguardia. El desarrollo era equiparado a crecimiento económico y no entraba ninguna otra variable en la cuenta. Los países se consideran en una escala desarrollo según su PBI, ocupando las primeras posiciones aquellas naciones occidentales industrializadas que habían salido exitosas de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos, Inglaterra y Francia. En las posiciones inferiores se encontraban los países considerados por estas mismas razones subdesarrollados.

En nuestra región, estas recetas y encuadres de los países generaron un importante movimiento intelectual. Un gran reconocimiento vino de la mano de la CEPAL con el llamado Enfoque latinoamericano del desarrollo, basado en la Tesis Presbisch-Singer sobre el deterioro de los términos de intercambio en favor de los países poderosos o mejor posicionados en el mercado mundial a la salida de la guerra. Otra propuesta más radical en cuanto a la salida de la posición de subdesarrollo por la vía de la revolución fue la denominada Teoría de la dependencia. Ambas propuestas coinciden en que la condición de subdesarrollo es estructural y debe ser subsanada impulsando la industrialización y las propias condiciones de intercambio. Por último, de la mano de científicos (en su mayoría del campo de las ciencias duras) y tecnólogos se promovieron y divulgaron reflexiones sobre el rol de la ciencia y la tecnología en el crecimiento de los países latinoamericanos. Propuesta que luego será presentada por los analistas sociales como Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Desarrollo. Para  este último modelo, el desarrollo de un país debe ensamblarse o montarse sobre la ola del avance del conocimiento científico y técnico, pero específicamente apuntado a las necesidades y las particularidades locales. [ver artículo anterior]

Hasta aquí, el crecimiento económico seguía ligado a la extracción y consumo de recursos naturales y combustibles fósiles. Ninguno de estos modelos o enfoques consideraba necesario preocuparse por la escasez de recursos, la contaminación del aire o de las aguas, el cambio climático o las condiciones de trabajo o incluso de vida de las personas.

Recién en los años setenta, aparecen los primeros informes del planeta y sus recursos como “limitados” y sobre daños irreparables al medioambiente. La idea de un futuro deseable se vio concretamente amenazada. Por si fuera poco ¡a las puertas de la crisis del petróleo! Del conocimiento sobre un futuro incierto en términos de recursos explotables y de las condiciones de vida para la humanidad, emergió una primera propuesta denominada Ecodesarrollo. Esta propuesta, algunos años más tarde, a partir del conocido Informe Brundtland de 1987, y de las discusiones sostenidas en las sucesivas Cumbres Mundiales de la Tierra (la primera fue en Estocolmo en 1972) donde la problemática medioambiental quedó ligada extrictamente al desarrollo, terminó de definirse como Modelo o enfoque del desarrollo sustentable.

SustentabilidadCon la variable ambiental en juego, ahora el crecimiento económico no podía pensarse a cualquier costo, debía ser respetuoso del medioambiente y garantizar las mismas condiciones del presente a las generaciones futuras. Asimismo, el modelo buscaba ensamblar junto a la rentabilidad económica y el cuidado del medioambiente, las eventuales necesidades de la sociedad en que una determinada actividad económica operaba. Surge de este modo el paradigma de la sustentabilidad como un modo  diferente de pensar el desarrollo a escala global.

Casi durante el mismo período, entre los años ochenta y noventa, otros dos modelos, opuestos entre sí, entran en escena. El primero, que contrasta con el desarrollo pensado únicamente como crecimiento económico es el Enfoque del desarrollo humano, impulsado por el PNUD. Este enfoque concibe al desarrollo basado en la ampliación de libertades políticas, sociales, laborales y económicas de las personas. En otras palabras, un país que posee un alto PBI pero se encuentra bajo dictadura y no asegura derechos civiles y políticos a sus ciudadanos, no podría considerarse “desarrollado”. Como el sutil lector habrá notado, el acento se desplaza a “las personas”, “los ciudadanos”. Como este modelo proyecta una idea de futuro ligada una mejor calidad de vida – social, política, económica y ambientalmente hablando –, ha terminado por fusionarse bajo el paradigma de la sustentabilidad, aunque conservando su propia fórmula y escala de medición del desarrollo de los países del mundo: el llamado Índice de Desarrollo Humano (IDH).Desarrollo desigual El segundo modelo, sostiene y radicaliza la relación unilateral entre desarrollo y economía. Se trata del llamado Enfoque neoliberal, también conocido como Consenso de Washington que, a través de una serie de reformas estandarizadas y válidas para cualquier país, impulsa el achicamiento del gasto público (incluyendo salud y educación de la población) y la liberalización de la economía. Este enfoque ha contado numerosos fracasos a nivel mundial, incluyendo el caso de nuestro propio país, generando el desmoronamiento de economías regionales, el aumento de la pobreza y hasta estallidos sociales.

Con un alto grado de estandarización (incluyendo normas internacionales, certificaciones y protocolos de acción) y de consenso mundial, el paradigma de la sustentabilidad logra imponerse desde los países centrales occidentales (especialmente los europeos) en la agenda nacional de la mayor parte de los países del mundo. Con el pasar del tiempo va incorporando tanto nuevas problemáticas como modalidades de resolución en línea con la triple condición de base (una actividad ecónomica debe ser ecónomicamente rentable, ambientalmente respetuosa y socialmente beneficiosa) y con la capacidad de mantenerse o durar a través del tiempo.

En el siglo XXI, asistimos al cambio de siglo, donde los grandes problemas globales (el cambio climático, la pobreza, etc.) no sólo continúan, sino que se ven agravados y amenazan con escaparse al control del cálculo racional. En este contexto, nuevamente la ciencia y la tecnología serán llamadas a recubrir un rol crucial para combatir los males que los mismos modelos de desarrollo han promovido. Las ciencias de la vida, pero especialmente, las biotecnologías, son vistas como la clave para: reducir los impactos ambientales, incrementar la eficiencia de los procesos productivos, sustituir el uso de combustibles fósiles y derivados del petróleo, remediar efectos contaminantes, contribuir a producir un ciclo productivo cerrado que incluya la reutilización o biodegradación de los insumos necesarios. No es poca la responsabilidad la de las ciencias biológicas y las biotecnologías, cuyos conocimientos serán ensamblados directamente en cadenas productivas ecoeficientes y novedosas… Esta nueva forma de concebir un tipo de desarrollo sostenible en el tiempo en el marco de los desafíos climáticos y medioambientales actuales, se ha conceptualizado bajo la denominación de “Bioeconomía basada en el conocimiento”.

La bioeconomía está tomando paulatinamente su lugar en nuestro escenario nacional. Hasta hace muy poco, era una cuestión de expertos de vanguardia, en particular, aquellos con la mirada en las políticas de sustentabilidad de los países europeos, como vimos, pioneros en el tema. Hoy por hoy, la bioeconomía ha movilizado recursos para generar consensos a través de la divulgación de conocimientos, discusiones de expertos en el marco de eventos regionales y nacionales y ha logrado importante reconocimiento institucional a través de la promoción de los ex-Ministerios de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva y de Agroindustria. Sin lugar a dudas, la bioeconomía constituye hoy por hoy, un tema de interés mayor para quienes son responsables de una actividad productiva y mantienen la atención sobre las ideas de progreso y de un futuro de mayor bienestar para sus conciudadanos.

 

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